La Laguna

Cuando viví en SCLC, los fines de semana fueron perfectos para dar el rol por Chiapas. Y en unos de esas largos fines que levantan el ánimo decidimos ir, Renata, Karen, Arturo, Chus, Dom y yo, a ver qué nos encontraba.

Aproximadamente a las 7 am partimos para tomar por 45 min, una camionetita a Comitán, 15 min de taxi para no sé qué municipio, 20 min de combi para las Margaritas para luego esperar por 45 min al camión de redilas y conocer al Yisuscraist catalán ; 3 hrs para llegar a San Quintín -ejido de Emiliano Zapata y entre 7 y 8 kms de caminata por la Selva Lacandona con kilos de comida y litros de agua… y por fin, llegar al paraíso solitario que guarda la más grande laguna de Chiapas, la de Lacam-tún o como la nombraron los españoles, Laguna Miramar.

Para las 5:30-6 pm llegamos y aprovechando la luz del atardecer, instalamos 3 tiendas de campaña y buscamos leña para la fogata. Había luna llena, así que entramos a la Laguna por un baño de media noche, el agua estaba caliente, el suelo lodoso y  el espejo del sol iluminaba por kilometros a la redonda.

3 días pasaron dando el rol en un botecito-lanchita-balsa por la Laguna que de día el agua es color “caribe”; primero girando alrededor de nuestro propio eje por largo rato hasta que el sentido común se despertó y aún así tardando muchísimo en llegar a las formaciones volcánicas que parecen galletas de abuelita gigantes y que están a lo largo de la Laguna. Visitando saraguates, monos aulladores medianos que al entrar la noche no aullan, rugen y asustan, escalando árboles e intentando notar, sin éxito, algún signo de vida en el cocodrilario natural.

El viaje se llenó de pláticas divertidas y a veces inconexas, noches estrelladas, latas de atún, humo, promesas, contemplaciones y un accidente con hormigas voladoras que hizo a Chus echarse un clavado con vuelo para sumergirse en la Laguna y embarrarse lodo en la cara que asomaba mordeduras.

El regreso por la selva con sleeping-bags desfundándose cada 300 mts y el clima tropical a pleno sol nos hizo sudar por varios kms, entonces “mejor” nos fuimos en balsa por el río comiendo los plátanos más extraños aunque deliciosos, y “cortar camino” por Lagos de Montebello para estar de vuelta en casa esa misma noche.

Cuando llegamos a la primer parada-pueblo-puerto había “fiesta” y entre paisanos borrachos, no había quién nos llevara para los Lagos, así que esperamos acompañados de unas chelitas y taquitos de salmón al vacío, a que alguien nos recogiera para solamente dejarnos varados a mitad de la noche en un centro ecoturístico del ejido de Nuevo Jerusalem.

Tras un jaleo provocado por la “pasadez” del chofer al querer cobrarnos más de lo acordado y el frío, “cenamos” lo que encontramos, vimos alguno que otro sapo y dormimos poco. La alarma sonó y al amanecer tuvimos que despabilarnos para emprender el regreso…

Cris y Víctor

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Les gusta despedirse, así luego la alegría del encuentro es mayor. Van al cine y se sientan en filas diferentes, van a la Roma y cada uno pasea por su cuenta, van al Centro y no se ven en toda la mañana. Simplemente el rito de la separación y la vuelta, nos vemos aquí a tal hora, no te retrases. Quizá por eso se quieren tanto, por ese estar ahí sin estar, un poco esperar a que el otro venga y lo salve, salir del laberinto de personas y calles y paradas de metro, vencer los fantasmas sabiendo que hay alguien cerca por si acaso.

Quedan un día a la semana, no se llaman, no saben nada el uno del otro hasta que llega el domingo, siempre al final, cuando parece que nada de lo que ha pasado en esos días ha tenido sentido, y entonces comprenden que no, que era todo lo contrario, que cada uno de los días anteriores estaba orientado al último, al diferente, toda la semana sin saber nada y por fin noticias. Es un poco la manera que tienen de echarse de menos.

Son especiales y lo saben, Víctor casi cuarenta años, profesor de Historia en una universidad, un divorcio, dos hijos, tres gatos, cuatro C en una casa antigua del Centro y Cris todavía en la facultad y todavía con su papás, veinticinco, a punto de dejar la carrera cada febrero, con sólo un par de materias para licenciarse en Letras y un agujero en no sabe dónde que le dice no sabe qué y así van cayendo cursos y convocatorias y días con nubes.

Les gusta despedirse pero no tanto, las despedidas no deben ser muy largas, sólo de domingo a domingo y todo lo demás es un regalo. La resaca del encuentro el lunes, el recuerdo aún cercano el martes, la sensación de vacío el miércoles, la rebeldía el jueves y entonces la impaciencia del viernes que conduce a un sábado pletórico porque es el día antes, es el día antes y ya no queda nada para el otro, el diferente, y esa preparación, ese rito, otra vez esa palabra, rito. Cris recuerda haber leído algo de un rito en un libro, cuánto tiempo hace de eso, ese libro para adultos que sólo leen los niños, cuántos años, entonces eran los juegos y los dibujos, pintar con cuidado para no salirse de la línea, la sonrisa de la maestra, el bigote de su papá, los primeros exámenes y ya esa sensación de rareza, hacerse otras preguntas, ser especial, especial es siempre para bien, le suele decir Víctor.

Llega el sábado por la noche y suena el teléfono en casa de Cris, que está fuera como cada sábado a esas horas. Su mamá contesta, pregunta, se extraña, da las gracias, se despide. Cuando Cris regresa a casa, tarde ya, encuentra un papel en su cuarto con la letra de su mamá; Cris, dos puntos, tu amigo Víctor habló para decir que no puede verte mañana, coma, que ya te hablará, punto, posdata, dos puntos, te dejé carne en el refri por si tienes hambre cuando llegues, punto, un beso, punto.

Al día siguiente Cris se levanta para ir al hospital. Víctor no tiene buen aspecto, se fracturó una pierna y un brazo y no sabe cómo esconder esa cara amoratada, ese ojo izquierdo que no es capaz de abrir. Sin embargo mantiene la sonrisa y no para de hablar, qué te parece, Cris, mira lo que pasa por ir leyendo el periódico y no fijarse antes de cruzar, resulta que el muñequito estaba en rojo y no me di cuenta. Qué mala suerte o qué buena, porque vete tú a saber lo que podía haber pasado. Cris mira a Víctor sin escuchar lo que dice, los dos saben que un coche no te deja así la cara, pero no quiere preguntar, no quiere preguntar porque sabe lo que pasó, los dos lo saben tan bien. Víctor sigue hablando, que un mes de baja, que casi le caerá bien y todo, que a lo mejor aprovecha ese tiempo para buscar otro trabajo, que la universidad le cansa, que qué buen día se ha quedado en el hospital, con lo que ha llovido esta mañana. Cris se retuerce y no entiende nada, Víctor sólo se retuerce, pero lo dos callan y sonríen. A ver si la próxima vez tienes más cuidado, eh, bueno, me tengo que ir, manñana vengo otra vez. Cris sale de la habitación haciendo esfuerzos por no llorar y lo consigue sólo hasta que llega al elevador. En pleno sexto piso no aguanta más y se viene abajo, simplemente no puede comprender cómo un nombre puede ser tan importante. Porque sabe que la causa de la pierna y el brazo y la cara ha sido un nombre, o mejor dicho dos nombres, dos nombres unidos, los suyos, Cris y Víctor. Que las grandes parejas de la Historia han tenido nombres que quedaban, que iban bien, que gustaban a todos, que Bonnie y Clyde quedaba bien, que Romeo y Julieta quedaba bien, que incluso Cris y Victor queda bien, pero sólo cuando Cris es Cris de Cristina, no cuando Cris es Cris de Cristóbal.

Víctor, en la cama, se pregunta hasta qué punto es un alivio saber que tiene razón, si vale la pena que todos sepan o si comprender o tal vez entender sólo está al alcance de personas especiales, como Cris, como él mismo. Víctor lamenta no ser original al sentir que duelen los golpes, pero duele más la causa de los golpes y duele más aún saber que los que dan los golpes son los que están sentados enfrente, los mismos que en clase lo miran con tanto respeto. Víctor se da la vuelta y una lágrima cae hacia dentro, hacia el estómago, allí donde esconde lo que no quiere que nadie vea. Al menos esta semana nos veremos todos los días, aunque estén las vendas y el yeso en medio, piensa Víctor, podremos vernos y despedirnos cada vez… y una sonrisa cae ahora hacia afuera y otras mil lágrimas hacia adentro, hacia el estómago, allí donde esconde lo que quisiera que todos vieran, allí donde guarda su amor por Cris, Cris tan joven, Cris especial, Cris diferente, Cris Cris, de Cristóbal.

Sólo en otoño…

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Otoño. Otoño frío. El otoño, como Dios, es ateo. Sus noches…las noches, una a una con sus magníficas lunas permanecen. Las tardes son de cielos grises, de belleza escalofriante y realidades obstinadas… luces que se encienden, puertas que se cierran y calles que acogen a los ancianos que se estremecen.

Los humores en otoño se transforman, se transforman hasta el punto de no saber si hace frío y llueve por cuestiones climáticas o estados anímicos. Las muecas cambian, los gestos cada vez son más duros y las miradas bajan, se recogen, se esconden. Tal vez escondan historias ajenas que cultivaron entre vagos errantes, cual solitarios peregrinos que buscan identidades que olvidaron en algún bar.

¿Y qué hay de los olores? En otoño los aromas se abren paso entre la gente y hacen que ésta ya no llene las calles a últimas horas de la tarde. Calles de café, de hornos de pan, de cigarro; que invitan a refugiarse en un buen libro y algunas veces en uno mismo.

Pero en otoño no todo es nostalgia y melancolía, también tiene lo suyo. Y es que es una época de cosechas que guarda inimaginables ocasos, brebajes calientes que confortan al alma y rincones misteriosos que resguardan a los amantes que buscan dónde, claro,  sin preguntarse porqué.

Los otoños son de caminatas por asfaltos mojados y alfombras de hojas que conducen al cine, noches de vinos y camas sin sábanas cuando son compartidas, encuentros de manos y reencuentros con velas, tardes de libros y viajes musicales… en otoño hay que dejarse llevar… bien decía Thoreau: vive cada estación del año conforme transcurre, respira el aire, paladea la fruta y resígnate a las influencias de cada temporada.

México, lindo y querido…

El regreso al DF ha sido como siempre algo impactante, surreal. Esta ciudad es un gigante y el punto geográfico-universal que sin duda creo posible sea el responsable de muchas de nuestras actitudes. El tráfico es horrible pero te encuentras cosas “curiosas” en el camino, como hoy que bajó la temperatura considerablemente. Se veía a todos como si estuviesen en el clímax de un invierno de esos que sólo se viven en Verkhoyansk, Siberia, sí señor; con el gorro, el abrigo, la bufanda, el guante. No se claven, en fin…

Por otro lado, hoy me topé en la vía pública -cosa que no me agradó-, con un ejército de aquellos hombrecillos vestidos de azul y a veces uniformados al estilo Operación Tormenta del Desierto -aunque aquí región 4 y versión smog- y me veían con ojos carnívoros. Pareciera tener cara de taquito de bisteck con limón y salsa; me querían comer viva. Mucha, demasiada policía para estar en tiempos de paz ¿no creen?.

Por eso creo que Mexiquito sin lugar a dudas sigue en manos del juglar de Dios. Pues no hay mejor lugar en el mundo en el que haya un taquito al pastor o de suadero que nos haga sentir mal todo el día porque nos cayó muy pesado.

¡Ay México! a veces me deja tonta, enamorada, seducida, feliz. Otras me pone los nervios de punta, me harta, me dan ganas de escapar, de huir, tomarme un clamatito en la playa con solecito, irme con él a la montaña y perdernos de la vista de todos. Pero luego me dan ganas de regresar echarme unas chelitas y finalmente aceptar las cosas como son. Resignación.

Es verdad que como México no hay dos, caray. Que bonito lugar. Sus sierras de agave y sus habitantes de pastiche. Tan tranquilos, burlándose del mundo y si queda tiempo de ellos mismos y todo porque se saben menos serios. Bendita tierra de la calaca, dementes hemos de estar, al psicólogo con los paisanos.

…y sin embargo seguimos al frente. La vida trae su paso. Todo a su debido tiempo. Ahora suenan los tambores y salen todos a bailar. Locos, locos, locos. Todo el mundo está loco.

Sí, es verdad que seguimos como siempre. Esa palabra me atormenta últimamente… Siempre ¿hasta cuándo acaba el siempre?

Tic-toc, tic-toc… el tiempo pasa y yo frente a la pantalla. Mejor me voy al mundo, a la lluvia, al frío. Venga, un beso.