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A Él

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¿Qué es el amor si no un momento prolongado? Eterno. Para toda la vida. Uno halla razón en el universo. Sentido en lo existente. Lo que hay detrás del espejo. Reflejo de nosotros mismos. De él y de mí. Riendo de lado con cervezas en mano. Quisiera hacer esto hasta que muera…Y qué sensación aquella. La del momento. La única que tiene vida por sí misma. Las voces nos hablaron esa noche. No dijeron mucho. Por poco y nada. Su casi silencio fue lo que nos abrió las puertas. La verdad me dio miedo. Pero quiero tomarte de la mano. Todo el tiempo. Por todo lo que nos falta. No puede ser que te haya encontrado. Hasta parece demasiado sencillo. Esperaba una búsqueda más complicada. Aunque ésta sigue llena de sensaciones intensas. Repensar las dudas. ¿Y si esto? ¿Y si aquello? ¿Y si el otro? Esa noche fue inolvidable. Las expectativas se volvieron insignificantes. No podía esperar más. Tenemos que subir montañas juntos. Respirar aire nuevo y no preguntarnos nada de lo que ya fue. Ya nos lo iremos contando. Por cierto, qué bonitos ojos tienes. Mar de luna, como una gota que se estira por el firmamento nocturno. Somos de noche los dos. De miradas que se pierden en lo que ven, nunca pueden dejar de voltear hacia donde no estamos, pero sabemos bien dónde nos encontramos, exactamente en dónde habitamos. Te llamaré fuego, y bailaremos danzas de indio bajo la estela de la fecundidad, aquí sólo hubo nosotros dos. ¿Y lo demás? Que sea lo de menos. Pensamos en aquello porque lo conocíamos bien antes de que llegáramos. Yo era tan feliz y lo sigo siendo ahora, mientras te imagino en estas letras de tinta encantada. Y es que qué hermosa boca tienes. Infalible y honesta, realidad en donde la hay, siempre verdad. ¿Te estaré creando? En algo así como una ilusión fanática. Inventándote en la finca de mi imaginación ahora escasa de otra cosa que no seas tú. Toda yo se vuelve sonrisa. Mi alma quiere perdonar todos los males humanos. Sólo quiere estar libre para recibirte en una ceremonia cósmica. Yo tierra y tu león. Yo luna llena y tu marea alta. Yo te palpito y tú me palpitas.

Qué libertad hay en nosotros los solitarios. Caminantes sobre la raíz. El cielo es aire cuando se sabe volar. Hay que irnos de aquí. Hasta donde ya no haya mañana. Ni cosas que perder. Y tú me sonríes con esa mirada extasiada. Qué absurda puedo ser cuando mi mente se va. Hacia quién sabe dónde. Pero seguro contigo…

Sólo en otoño…

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Otoño. Otoño frío. El otoño, como Dios, es ateo. Sus noches…las noches, una a una con sus magníficas lunas permanecen. Las tardes son de cielos grises, de belleza escalofriante y realidades obstinadas… luces que se encienden, puertas que se cierran y calles que acogen a los ancianos que se estremecen.

Los humores en otoño se transforman, se transforman hasta el punto de no saber si hace frío y llueve por cuestiones climáticas o estados anímicos. Las muecas cambian, los gestos cada vez son más duros y las miradas bajan, se recogen, se esconden. Tal vez escondan historias ajenas que cultivaron entre vagos errantes, cual solitarios peregrinos que buscan identidades que olvidaron en algún bar.

¿Y qué hay de los olores? En otoño los aromas se abren paso entre la gente y hacen que ésta ya no llene las calles a últimas horas de la tarde. Calles de café, de hornos de pan, de cigarro; que invitan a refugiarse en un buen libro y algunas veces en uno mismo.

Pero en otoño no todo es nostalgia y melancolía, también tiene lo suyo. Y es que es una época de cosechas que guarda inimaginables ocasos, brebajes calientes que confortan al alma y rincones misteriosos que resguardan a los amantes que buscan dónde, claro,  sin preguntarse porqué.

Los otoños son de caminatas por asfaltos mojados y alfombras de hojas que conducen al cine, noches de vinos y camas sin sábanas cuando son compartidas, encuentros de manos y reencuentros con velas, tardes de libros y viajes musicales… en otoño hay que dejarse llevar… bien decía Thoreau: vive cada estación del año conforme transcurre, respira el aire, paladea la fruta y resígnate a las influencias de cada temporada.