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Lo que seguramente debe pensar Gloria mientras toma un café

Antes de que te vayas, antes de que tu espalda me afirme que ya no son ni telarañas lo que nos une, déjame de nuevo en la espera insensible de tu regreso. Deja que los dientes y el pelo caigan solos, para poder mañana despertar de nuevo con la duda de si siguen siendo tus excrecencias las que brotan como sudor inevitable de mis manos. Cállate a tiempo, y resuelve tus problemas mordiéndote las uñas, cada que recuerdes que ya ni los semáforos son necesarios para decirnos que las mordidas sin deseo también duelen… Puedes llevarte la denigrante inexistencia de los hoteles rotos, donde desgraciadamente todavía la carne tiene sus objeciones ¡y a veces sin pensarlo, es mejor atiborrarse de café hasta muy tarde para que el hijo que nunca he pensado darte se vuelva sólo cafeína y humo en el estómago! Y no vuelvas, no vengas hasta que algún insomnio te permita descubrir cómo se aplica la cirugía plástica en la sangre, cómo se sacan las arrugas de este decrépito líquido rojo, que tú y yo, orgasmo tras orgasmo envejecimos. Porque no quiero volver a verte sino como costumbre idiota de jabones de olor en todo este cuerpo que ni en mis sueños más mundanos has tocado. Recuerda como siempre, que jamás acercaste tus rostro lo suficiente como para decir un te quiero desde dentro. Sigues paseando por las calles, yo, presa de la noche. Lárgate, pero antes y por última vez, déjame pensar que algún día , cuando te conozca, te seré irremediablemente necesaria…

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Cris y Víctor

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Les gusta despedirse, así luego la alegría del encuentro es mayor. Van al cine y se sientan en filas diferentes, van a la Roma y cada uno pasea por su cuenta, van al Centro y no se ven en toda la mañana. Simplemente el rito de la separación y la vuelta, nos vemos aquí a tal hora, no te retrases. Quizá por eso se quieren tanto, por ese estar ahí sin estar, un poco esperar a que el otro venga y lo salve, salir del laberinto de personas y calles y paradas de metro, vencer los fantasmas sabiendo que hay alguien cerca por si acaso.

Quedan un día a la semana, no se llaman, no saben nada el uno del otro hasta que llega el domingo, siempre al final, cuando parece que nada de lo que ha pasado en esos días ha tenido sentido, y entonces comprenden que no, que era todo lo contrario, que cada uno de los días anteriores estaba orientado al último, al diferente, toda la semana sin saber nada y por fin noticias. Es un poco la manera que tienen de echarse de menos.

Son especiales y lo saben, Víctor casi cuarenta años, profesor de Historia en una universidad, un divorcio, dos hijos, tres gatos, cuatro C en una casa antigua del Centro y Cris todavía en la facultad y todavía con su papás, veinticinco, a punto de dejar la carrera cada febrero, con sólo un par de materias para licenciarse en Letras y un agujero en no sabe dónde que le dice no sabe qué y así van cayendo cursos y convocatorias y días con nubes.

Les gusta despedirse pero no tanto, las despedidas no deben ser muy largas, sólo de domingo a domingo y todo lo demás es un regalo. La resaca del encuentro el lunes, el recuerdo aún cercano el martes, la sensación de vacío el miércoles, la rebeldía el jueves y entonces la impaciencia del viernes que conduce a un sábado pletórico porque es el día antes, es el día antes y ya no queda nada para el otro, el diferente, y esa preparación, ese rito, otra vez esa palabra, rito. Cris recuerda haber leído algo de un rito en un libro, cuánto tiempo hace de eso, ese libro para adultos que sólo leen los niños, cuántos años, entonces eran los juegos y los dibujos, pintar con cuidado para no salirse de la línea, la sonrisa de la maestra, el bigote de su papá, los primeros exámenes y ya esa sensación de rareza, hacerse otras preguntas, ser especial, especial es siempre para bien, le suele decir Víctor.

Llega el sábado por la noche y suena el teléfono en casa de Cris, que está fuera como cada sábado a esas horas. Su mamá contesta, pregunta, se extraña, da las gracias, se despide. Cuando Cris regresa a casa, tarde ya, encuentra un papel en su cuarto con la letra de su mamá; Cris, dos puntos, tu amigo Víctor habló para decir que no puede verte mañana, coma, que ya te hablará, punto, posdata, dos puntos, te dejé carne en el refri por si tienes hambre cuando llegues, punto, un beso, punto.

Al día siguiente Cris se levanta para ir al hospital. Víctor no tiene buen aspecto, se fracturó una pierna y un brazo y no sabe cómo esconder esa cara amoratada, ese ojo izquierdo que no es capaz de abrir. Sin embargo mantiene la sonrisa y no para de hablar, qué te parece, Cris, mira lo que pasa por ir leyendo el periódico y no fijarse antes de cruzar, resulta que el muñequito estaba en rojo y no me di cuenta. Qué mala suerte o qué buena, porque vete tú a saber lo que podía haber pasado. Cris mira a Víctor sin escuchar lo que dice, los dos saben que un coche no te deja así la cara, pero no quiere preguntar, no quiere preguntar porque sabe lo que pasó, los dos lo saben tan bien. Víctor sigue hablando, que un mes de baja, que casi le caerá bien y todo, que a lo mejor aprovecha ese tiempo para buscar otro trabajo, que la universidad le cansa, que qué buen día se ha quedado en el hospital, con lo que ha llovido esta mañana. Cris se retuerce y no entiende nada, Víctor sólo se retuerce, pero lo dos callan y sonríen. A ver si la próxima vez tienes más cuidado, eh, bueno, me tengo que ir, manñana vengo otra vez. Cris sale de la habitación haciendo esfuerzos por no llorar y lo consigue sólo hasta que llega al elevador. En pleno sexto piso no aguanta más y se viene abajo, simplemente no puede comprender cómo un nombre puede ser tan importante. Porque sabe que la causa de la pierna y el brazo y la cara ha sido un nombre, o mejor dicho dos nombres, dos nombres unidos, los suyos, Cris y Víctor. Que las grandes parejas de la Historia han tenido nombres que quedaban, que iban bien, que gustaban a todos, que Bonnie y Clyde quedaba bien, que Romeo y Julieta quedaba bien, que incluso Cris y Victor queda bien, pero sólo cuando Cris es Cris de Cristina, no cuando Cris es Cris de Cristóbal.

Víctor, en la cama, se pregunta hasta qué punto es un alivio saber que tiene razón, si vale la pena que todos sepan o si comprender o tal vez entender sólo está al alcance de personas especiales, como Cris, como él mismo. Víctor lamenta no ser original al sentir que duelen los golpes, pero duele más la causa de los golpes y duele más aún saber que los que dan los golpes son los que están sentados enfrente, los mismos que en clase lo miran con tanto respeto. Víctor se da la vuelta y una lágrima cae hacia dentro, hacia el estómago, allí donde esconde lo que no quiere que nadie vea. Al menos esta semana nos veremos todos los días, aunque estén las vendas y el yeso en medio, piensa Víctor, podremos vernos y despedirnos cada vez… y una sonrisa cae ahora hacia afuera y otras mil lágrimas hacia adentro, hacia el estómago, allí donde esconde lo que quisiera que todos vieran, allí donde guarda su amor por Cris, Cris tan joven, Cris especial, Cris diferente, Cris Cris, de Cristóbal.